lunes 13 de febrero de 2012

#capítulocero


Llevábamos un mes de frío polar, de bibliotecas y café de máquina. Llevábamos un mes de ir en el vagón del metro sin canción, de estudiar sin ganas, de dormir sin ti. 
Esa noche fui a la barra y pedí una copa. Era uno de esos miércoles que te comes la ciudad y coges un tren sin dormir rumbo a casa. 
Pasaban los kilómetros entre varias cabezadas de resaca, pasaban los recuerdos del otoño por la vía.
Tú no eras ninguno de esos recuerdos, nosotros sólo fuimos dos amantes que se abandonaron un verano.
La verdad que sólo pensaba en ellas. En que volveríamos a estar todas juntas, en que volvería a beber de más y a verte de menos. En que alguna volvería a intentarlo y que otras se darían a la fuga con el amor de siempre.
Llegaría el domingo y volveríamos a reírnos de la borrachera del día anterior.
Pero ese fin de semana no iba a intentarlo. Había pasado tiempo sin verte y seguíamos siendo la consecuencia de muchas causas juntas. De haberte perdido, de haberlo intentado y haberme rendido. 
Ese sábado sólo quería la botella de vodka y a las cinco, conmigo.
Sólo me importaban los 12.000 kilómetros que me separaban de mi madre. Sólo me importaba verlos sonreír en la pantalla del ordenador desde Argentina.
Ese día me di cuenta que la vida puede devolverte todo de golpe. Que nacemos para ser felices, no perfectos. 
Que después de no planearte, apareces. 
Eres una historia que nunca acaba, un renglón a medio acabar o una frase a medio empezar.
Han pasado dos noches, desde que volviste a besarme, desde que tu olor y tus ojos no me dejan pensar en otra cosa.
Han sido siete meses, ¿siguen siendo siete vidas?

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